Aunque a menudo se reduce a un melodrama romántico, Titanic es una construcción narrativa cuidadosamente diseñada para combinar intimidad y espectáculo. Cameron entiende que el desastre histórico necesita un ancla emocional, y la historia de amor cumple esa función.

Críticamente, puede reprochársele cierto sentimentalismo explícito, pero sería simplista ignorar su precisión técnica. La recreación del hundimiento no es gratuita; está coreografiada con una claridad espacial admirable.

El contraste entre clases sociales no es sutil, pero sí efectivo. El barco funciona como microcosmos jerárquico donde el privilegio y la vulnerabilidad se evidencian en cada cubierta.

Más allá de su éxito comercial, la película demuestra que el cine popular puede aspirar a la épica emocional sin perder eficacia narrativa.